Flor es la más grande de nosotros siete. Tiene siete años. Por eso y porque es muy valiente, podemos ir a la escuela con ella. No le tiene miedo a la oscuridad, ni a los espantos que dicen que aparecen a las seis de la mañana. Creo que también quiere ir a clase porque le gusta ponerse los zapatos y la ropa de ir a la escuela…

Letras en los cordones”, de la escritora Cristina Falcón Maldonado y la ilustradora Marina Marcolin, es un álbum entrañable y dulce que, a modo de diario, evoca la infancia, la escuela y el contacto inicial con los libros, la puerta al saber, el pasaporte a otros mundos imaginarios. Está editado en castellano, gallego, portugués (“Letras nos atacadores“) e italiano (“Lettere fra i lacci“). La autora acaba de presentarlo en la librería Barco de papel, de Ibiza. Y el sábado 23 de junio, a las 12:30 horas, lo presentará en la librería Muga, de Madrid.

Flor ya sabe leer, dice que las letras, que a mí me parecen unos dibujos muy difíciles de entender y de juntar, son contadoras de cosas y que cuando aprendes a leer es como si te contaran cuentos…

Flor é a máis vella de nós os sete. Ten sete anos. Por iso, e porque é moi valente, podemos ir con ela á escola. Non lle ten medo á escuridade nin aos espíritos, que din que aparecen ás seis da mañá. Creo que tamén quere ir á clase porque lle gusta pór os zapatos e a roupa de ir á escola…

“Letras nos cordóns”, da escritora Cristina Falcón Maldonado e da ilustradora Marina Marcolin, é un álbum entrañable e doce que, a modo de diario, evoca a nenez, a escola e o contacto inicial cos libros, a porta ao saber, o pasaporte a outros mundos imaxinarios. Está editado en galego, castelán, portugués (“Letras nos atacadores“) e italiano (“Lettere fra i lacci“). A autora vén de presentalo na libraría Barco de papel, de Ibiza. E o sábado 23 de xuño, ás 12:30 horas, presentarao na libraría Muga, de Madrid.

Flor xa sabe ler, di que as letras, que para min son uns debuxos moi difíciles de entender e de xuntar, son contadoras de cousas e que cando aprendes a ler é como se che contasen contos…

Cristina Falcón describe la experiencia de una familia numerosa y humilde en la que la hermana mayor y la abuela se ocupan del hogar en ausencia de la madre. El intenso cariño en el reencuentro con la figura materna, las sensaciones dispares de gozo o disgusto en el ámbito escolar, y la madurez prematura de los niños en tiempos de carencias materiales, que no afectivas, marcan este relato emotivo y sentimental, que remueve la memoria.

Las ilustraciones -sutiles y delicadas- de Marina Marcolin, tienen el tono ocre y antiguo de los recuerdos. Combinan estampas familiares realistas y de gran belleza, con imágenes simbólicas y sugerentes en las que las letras del abecedario son el hilo conductor.

Marina Marcolin (Vicenza, Italia, 1975) es ilustradora profesional; trabaja para editoriales de Italia y otros países de Europa y de Asia, como Grecia, Francia, Alemania, Taiwán o Corea. Participó en exposiciones, tanto en Italia como en el extranjero, y recibió varios premios, como el de Mejor ilustradora internacional del año 2006, concedido por el Ministerio de Cultura griego. Es profesora de ilustración en Vicenza.

Cristina Falcón Maldonado (Trujillo, Venezuela, 1963) es poeta y escritora de cuentos y materiales didácticos para niños. Ha impartido talleres de poesía y participado en campañas de educación y escolarización, así como en actividades de promoción de la lectura. Algunas de sus obras fueron traducidas al inglés, francés, portugués y tailandés. Estudió Arquitectura y Diseño Gráfico. Reside en España desde 1992. Actualmente es directora creativa del estudio Veo Veo Comunicación, en Cuenca.

La historia de “Letras en los cordones” surgió a raíz de la participación de Cristina Falcón en una campaña internacional organizada por varias ONG’s en favor del derecho de la infancia a la escolarización y la educación.

“Sorprende el hecho de que el relato está contextualizado en un tiempo pasado pero, lamentablemente, todavía en las escuelas rurales y de montaña, en Latinoamérica, los niños caminan dos horas para llegar a la escuela y no tienen zapatos”, explica la autora, que creció “viendo cómo los niños donde nosotros vivíamos iban descalzos, con esa asombrosa capacidad para caminar por la tierra y las piedras, descalcitos… Todo eso me tocó mucho y me sigue removiendo por dentro”, recuerda con emoción.

“Para mí la escritura es una suerte que tengo de contar cosas que quiero y necesito sacar; no por recrear algo gratuitamente, sino por plantearlas en una lectura y poder conversar sobre esas cosas que me sigue angustiando que sigan existiendo, que no forman parte de una memoria histórica, sino que están ahí, y me cuesta vivir con eso. ¿Qué puedo hacer? Escribirlas, entregar tu tiempo creativo a esa tarea. No hay una intencionalidad, los textos nacen por necesidad y uno escribe porque no tiene más remedio que escribir algo que lleva por dentro y que necesita contar”.

La relación de Cristina Maldonado con la literatura se remonta a su adolescencia, sobre todo como autora de poemas. Fue hace a penas una década, al instalarse en Cuenca, cuando escribió su primer libro para público infantil: “La poesía requiere una serie de exigencias, mientras que para mí, escribir para niños es como si me sacan al patio del recreo”, comenta metafóricamente, “con toda la responsabilidad que comporta, como la delicada labor que es enamorar a un lector”.

Pero fue su deseo de “reivindicar las formas de escuela que hay en otros lugares” lo que hizo brotar la historia de Flor y su familia: “Estamos en un lugar donde se están dando ordenadores portátiles en las escuelas, cuando el mundo es tan desigual y, al otro lado del charco en Latinoamérica, o aquí mismo, los niños van descalzos a la escuela, o les dan una pastilla de leche o un paquete de galletas… Y se trata de una historia real”.

Aunque en el fondo, “Letras en los cordones” hizo aflorar en su autora una parte importante de su niñez y la estrecha relación que tuvo con su abuela, que había sido maestra: “Quien metió la poesía en mi vida fue ella, y si ahora escribo es por ella, porque todas las tardes aprendía versos y era como un juego. Entonces alguien me dijo, ¿no te das cuenta de que con este libro le has hecho un homenaje a tu abuela?”.

“Hay otras historias en el libro, que son muy importantes para mí: la de la madre y la de la abuela, que junto con Flor forman ese grupo matriarcal delicadamente robusto, valiente. La madre del cuento nace en mi cabeza como esas madres que viven durante la semana en las casas de otros, cuidando a los hijos de otros, acabando jornadas interminables en una habitación destinada al servicio doméstico, solas, a la espera de ese domingo que también esperan Flor y sus hermanos. Y la abuela, piel y huesos templados, tostados por el sol o el frío de las montañas, con toda su historia reflejada en los ojos, que se hace cargo de esa prole como lo hizo antes de sus hijos, con la misma dedicación, sacando fuerzas de donde apenas hay, y sustento”.

Los recuerdos de la infancia vuelven a emerger cuando Cristina Falcón evoca la figura de su mejor amiga, cuya madre se ganaba la vida vendiendo bolsitas de orégano: “Recuerdo cómo las recibía, cómo las vestía, cómo nos preparaba un dulce casero, y los afectos eran los mismos en su casa y en la mía; porque un niño no nota ese abismo que hace lo material”, explica la autora, destacando la “dignidad” que emanaba de ese hogar.

“Una de las cosas que más me conmueve de ese tipo de realidades es la sencilla felicidad con la que vive esa gente. La precariedad no ensombrece la profundidad de los afectos. Llama la atención la grandeza afectiva que hay en esas familias, que tienen dos camas para siete niños. Y no es algo literario, es real. La solidaridad que desprenden te cala muy hondo y esos descubrimientos te llenan la vida: gente tan modesta que tiene su casa pintadita, preciosa, con envases de leche convertidos en macetero, con flores pintadas por fuera… Hacen que lo precario sea hermoso”.

En una ocasión, Cristina Falcón visitó un colegio y, antes de contar la historia de “Letras en los cordones”, preguntó a los escolares, más de 200, que abarrotaban el auditorio, cuántos de ellos tenían más de un par de zapatos: “Todos, entusiasmados, levantaban los brazos. Y me sentí una aguafiestas, pero les dije, ‘no saben ustedes la suerte que tienen’. Entonces les leí mi cuento, y me fui”. Porque así era el mundo que la rodeaba a medida que iba creciendo, “y es una realidad de la que no me puedo desprender”.

Con esta obra, la autora se dirige a los lectores para que “seamos conscientes de que conviven realidades tan abismales en el mismo espacio temporal”, y que vivimos en un mundo mal repartido, donde la infancia debe tener garantizado su “derecho a la escuela, a vivir como niños y niñas, aunque sea con lo esencial”.

“Aunque tengo otras obras didácticas, éstos son los cuentos que yo quiero escribir, y con este libro me he sentido muy serena. Las historias se presentan y se cuentan sin artificios, porque por sí mismas tienen un valor. Uno transcribe experiencias y, aunque la memoria ayuda a enriquecerlas, lo importante es contar lo que llevas por dentro”.

Sobre las ilustraciones de Marina Marcolin, Cristina Falcón se deshace en elogios: “Esos blancos me han tocado el alma; es un recurso de una exquisita sensibilidad, un elemento a la vez tan sutil y tan hondo, que no te puedes abstraer de la fuerza de la narración visual que tienen esas imágenes”. Desde las letras dibujadas con moldes y tintas que le dan un aspecto antiguo, hasta los papeles que utilizó procedentes de una librería de viejo, pasando por las hojas de caligrafía que pertenecían a los antiguos cuadernos escolares de su madre, el trabajo de la ilustradora italiana es un auténtico “regalo”, afirma Cristina con rotundidad.

“Tengo el libro en la mesita de noche y duermo con él al lado, me hace falta tenerlo cerca, me acompaña, y eso lo consigue la belleza gráfica de sus páginas”.

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Cristina Falcón describe a experiencia dunha familia numerosa e humilde na que a irmá maior e a avoa ocúpanse do fogar en ausencia da nai. O intenso agarimo no reencontro coa figura materna, as sensacións dispares de gozo ou de disgusto no ámbito escolar, e a madurez prematura dos nenos en tempos de carencias materiais, que non afectivas, marcan este relato emotivo e sentimental, que remove a memoria.

As ilustracións -sutís e delicadas- de Marina Marcolin, teñen ese ton ocre e antigo das lembranzas. Combinan estampas familiares realistas de gran beleza, con imaxes simbólicas e suxerentes nas que as letras do abecedario son o fío condutor.

Marina Marcolin (Vicenza, Italia, 1975) é ilustradora profesional; traballa para editoriais de Italia e doutros países de Europa e Asia, como Grecia, Francia, Alemaña, Taiwán ou Corea. Participou en exposicións, tanto en Italia como no estranxeiro, e recibiu varios premios, como o de Mellor ilustradora internacional do ano 2006, concedido polo Ministerio de Cultura grego. É profesora de ilustración en Vicenza.

Cristina Falcón Maldonado (Trujillo, Venezuela, 1963) é poeta e escritora de contos e materiais didácticos para nenos. Impartiu obradoiros de poesía e participou en campañas de educación e de escolarización, así como en actividades de promoción da lectura. Algunhas das súas obras foron traducidas ao inglés, francés, portugués e tailandés. Estudou Arquitectura e Deseño Gráfico. Reside en España dende 1992. Actualmente é directora creativa do estudo Veo Veo Comunicación, en Cuenca.

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